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Bici
en el WC
La
Vanguardia - - 03.15 horas - 18/12/2001
FRANCESC-MARC
ÁLVARO
PREFERIR
UNA bicicleta sin ruedas en el lavabo es legítimo, pero nadie lo
llama ciclismo
El
6 de diciembre de 1978, una inmensa mayoría de los españoles
pensó que compraba una bicicleta de carreras para correr mucho
o una bici de montaña para escalar muy alto. El día del
referéndum de la Constitución sólo una minoría
nostálgica creyó comprar, siempre a regañadientes,
una discreta bicicleta estática para hacer piernas sin ver mundo.
José Maria Aznar, hoy presidente del Gobierno de las Españas,
nos ha dicho que nuestra Carta Magna sólo puede ser esa triste
bici estática que se guarda polvorienta en un rincón del
WC, para salvar la conciencia de quien promete que algún día
hará ejercicio y perderá los michelines. En su juventud,
Aznar pensaba que la Constitución era un vehículo peligroso
en el que no debía montarse nadie y hoy piensa que es un trasto
de lujo que no ha de llevarnos a ninguna parte. Mueve las piernas y mueve
el corazón, siempre y cuando éste sea "patrióticamente
constitucional" y vayamos amodorrados, con la vista perdida en la
ducha o la taza del WC.
Preferir
una bicicleta sin ruedas instalada en el lavabo es legítimo, pero
nadie con un mínimo de seriedad llama a esto ciclismo. Porque la
democracia, y más después de cuarenta años de ir
a pie y a la pata coja, se basa en rodar y avanzar. Para el deporte de
las dos ruedas tiene que haber desplazamiento y, a poder ser, cambio de
paisaje. De lo contrario, sobreviene el aburrimiento, la esclerosis, el
colapso y la estafa. En el preámbulo de la misma Constitución
se dice que "la nación española proclama su voluntad
de establecer una sociedad democrática avanzada". Sólo
se avanza si se pedalea por pistas sin obstáculos y al aire libre.
Esto lo saben bien eminentes nombres que llegaron al imperio aznarista
provenientes del viejo y caótico desorden feudal del fin de la
UCD de Suárez. Un Gabriel Cisneros, por ejemplo, tan influyente
él entre los desmemoriados jóvenes populares, bien podría
ilustrar a sus nuevos correligionarios de tan obvios rudimentos.
El
llamado largo camino hacia el centro andado por el PP merece respeto y
estudio, sea dicho sin ironía. Porque intenta algo insólito
en la historia española, como es una derecha civilizada que rompa
con la tentación autoritaria, militarista, reaccionaria. Sin embargo,
este largo camino no se hace en una bicicleta estática mohosa y
guardada de cualquier modo en el aseo, al lado de otros cachivaches. El
largo camino hacia el centro, si es de veras y busca credibilidad, se
hace con la engrasada bicicleta constitucional de ruedas ligeras y resistentes.
Pero no es la ignorancia de Aznar ni el dictado estratégico de
un PP crecido por la mayoría absoluta lo que mantiene la rara bici
dentro del WC. Es, sobre todo, el plus apabullante de legitimidad que
los pactos de Estado con el PSOE y los acuerdos parlamentarios con CiU
regalan generosamente al PP para que Aznar lleve a cabo su proyecto de
cierre definitivo de la transición. Es la docilidad cómplice
de Zapatero y el atrapado conformismo de Pujol aquello que da más
alas al Gobierno de Madrid para mandar callar la boca a todo el mundo
sobre una posible reforma constitucional.
El
espíritu de la transición, que nos inoculó desmemoria
a cambio de que la sociedad pudiera ir en bicicleta, es traicionado por
quien afirma que ya hemos circulado bastante. En 1978, se nos dijo que
el pasado debía sacrificarse al futuro. Que no se nos diga ahora
que el futuro ya pasó hace rato por delante de nuestras narices.
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