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Por Rodrigo Fresán
Desde Barcelona

Pedalear

La noticia documentada científicamente –y por lo tanto un poco sospechosa– de que un deforme histórico como yo puede recuperar la forma física en seis meses a razón de cinco horas a la semana, sumado al hecho de que la calle donde vivo le ha escamoteado la mitad de su ancho a los automovilistas para regalárselo a los ciclistas, me ha llevado a convencer de que ya va siendo hora de comprarse una –otra– bicicleta.

Yo aprendí tarde a andar en bicicleta. Es decir: rueditas hasta una edad vergonzosa y no hubo muchos parques y paseos durante mi infancia. Después, claro, me volví loco y pedaleé como un demente por calles de Colonia, Caracas y Buenos Aires hasta que mi audacia casi suicida a la hora de adelantar a un 60 me dijo que lo mejor era ir dejando esa droga que iba en camino de convertirse en viaje de ida. Vendí mi bicicleta. O me la robaron y, ay, el dolor casi de amputación cuando algún cretino te roba tu bicicleta. Da igual. Desde entonces, el músculo duerme y la aceleración descansa.

Pero, en serio: ya va siendo hora de volver a pedalear, ¿no? Es tan lindo andar en bicicleta. Y son tan lindas las bicicletas (ese aparato anticuado y futurista al mismo tiempo cuyo nombre ha adquirido connotaciones desagradables para los argentinos e injustas para las bicicletas); y ver cómo las cosas pasan junto a nosotros y nosotros pasamos junto a ellas hasta no estar del todo seguros si –cortazarianamente– somos nosotros los que montamos a la bicicleta o la bicicleta quien nos monta a nosotros. La bicicleta es, así, una máquina de metal y carne: tracción a sangre y velocidad de metal. La bicicleta y el hombre constituyen una de las sociedades más justas y democráticas. Las motocicletas son bicicletas de facto.

Había pensado en comprarme una bicicleta desde que llegué aquí hace algo más de dos años; pero los meses fueron pasando y primero el calor y después el frío y enseguida alguna noticia en la tele donde te muestran a un ciclista profesional aplanado por un camión en alguna curva del Tour de Francia o en la misma esquina de mi casa... Ese miedo que, en realidad, no es otra cosa de una de las tantas máscaras que se pone la pereza. Busco en mi enciclopedia y encuentro que la primera bicicleta fue diseñada por Kirpatrick Macmillan en 1839 y que sus neumáticos fueron inventados por J.B. Dunlop en 1888. Recuerdo la bicicleta western de Butch Cassidy y la surrealista de Pee Wee Hermann y nunca vi Ladrón de bicicletas –porque su solo título me pareció siempre criminal, peligroso– pero jamás olvidaré a HAL 9000 cantando aquello de la bicicleta de Daisy mientras pierde la memoria al final de 2001: Odisea del Espacio. Por último, ah, ese misterio insondable: uno se puede olvidar de todo menos de andar en bicicleta. Una vez que se consigue esa magia sin truco (caerse de la bici es una pequeña derrota iniciática, volver a subirse a ella es una gran victoria), el verbo pedalear se queda grabado a fuego en tus cromosomas y descubrimos que, sí, andando en bicicleta tal vez sea el único momento de nuestras vidas en que mantenemos un perfecto equilibrio, en que somos, al fin, personas equilibradas. Sí, en serio: mañana me compro una. O la semana que viene a más tardar. El próximo mes. Te lo juro...

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